Retando al cielo

Y estar de nuevo juntos, frente a una escena de vaqueros matando decenas de indios. Porque sí. Porque pueden, porque podemos. Juntos, esperando —o retando al cielo, mejor dicho— por la intervención de un Dios que insiste en burlarse de nuestra fe. Tan incapaz de solucionar un simple problema como de existir. Juntos, aferrándonos a creer que aparecerá porque se cansará de soportar tanto reclamo. O por lo menos para limpiar su reputación (aunque eso quizá no le interese). Tal vez bastaría ponernos en sus zapatos durante cinco minutos para entenderlo. El problema es que anda descalzo.
De la fe ya se ha dicho mucho. Esos, los ateos, siempre sintiéndose tan superiores intelectualmente del resto, siempre reduciendo las intenciones por creer de los demás. Intercambiando cualquier creencia o suceso por tontas explicaciones científicas. Todo siempre con un “¿Sabías que…?” o alguna de sus variantes. Qué pereza ser tan incrédulo, qué tristeza perder la capacidad de asombro.
Ah, la ciencia: siempre tan defendida, tan admirada y consentida. Acostumbrada a tener la razón bajo cualquier circunstancia. O a inventársela. Los científicosteóricos, tan empeñados en conservar su papel todo el tiempo, con sus accesorios impecables de costumbre: lentes, barba, arrogancia. Insistiendo en que todo tiene explicación. Claro, ser pensador no es fácil. Y no precisamente porque se necesite —redundando— pensar o utilizar el cerebro, sino porque uno se tiene que programar para descalificar todo y encontrarle profundidad a las cosas más absurdas. A extraer y abstraer hasta el más mínimo conocimiento de todo. Pensándolo bien, no es tan difícil, la clave está en cuestionarlo todo: ¿Y qué tan difícil es encontrarle un pero a todo? Hasta mágico resulta. Mágico y triste.
Lo sorprendente —y más irónico— de la sabiduría es que tanto pensador haya fracasado en sus intentos por explicar o plasmar los sentimientos. Sí, el amor, la tristeza, la excitación y etcéteras tienen su explicación científica: que si los receptores de noséqué, que si la oxitocina, la adrenalina, la serotonina, las endorfinas y demás —inas. (Ay, recordé a Cristina). Pero no es suficiente. Y me da gusto; todo pretende servir y explicar, pero no lo hace. Y aquí entran las artes: sí, son bellas, pero, afortunadamente, tampoco son suficientes. No sé en qué momento se me ocurrió unir a los artistas con los científicos… Sin embargo, las similitudes entre ambas profesiones no pueden ser ignoradas. Verán, por ejemplo, a veces me pregunto si el talento realmente existe o si ya es mero resultado de la prueba y error. Así, como con los científicos y sus experimentos. 
Ahchingá’, ¿ven? Ya estoy cuestionando algo que no debo: Pensante Imbécil.
En fin, mi punto es que han fracasado. Todos: desde artistas hasta grandes investigadores. Pobres (los del segundo grupo), con sus ganas de sentirse superiores y sin darse cuenta de que nunca podrán terminar de explicar nada. Y todo por su soberbia e incredulidad: para explicar hay que creer, aunque lo nieguen. Pero bueno, también tiene sus cosas buenas: sin ego, las grandes obras ni la evolución existirían.
Me contradigo y no; critico los extremos, quiero decir.
Sin duda ya me he desviado mucho del tema inicial: la fe hacia Dios. Tal vez muchos hemos decidido creer en él para demostrarnos que somos capaces de confiar en lo que nos decimos, capaces de argumentar a favor de algo que no existe: nuestra eternidad. O tal vez sólo estoy hablando por mí, pero me protejo en el plural. Y qué mal.
Sea como sea, mi parte favorita de creer en Dios es aquella que me hace dudar de mí mismo. Un Dios que nada tiene que ver con ninguna religión sino conmigo. Viva el narcisismo.
A veces me gusta iniciar y terminar sin decir nada. Y qué bien, porque es genial darse cuenta lo divertido que resulta retar más al cielo que a la ciencia.

Oremos.